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domingo, 15 de septiembre de 2013

La tristeza de los domingos por la tarde

Un sentimiento parecido al del fin de las vacaciones es el de los domingos por la tarde, sobre todo cuando en días como hoy llovizna, se está en el mes de septiembre, oscurece más temprano y, por ende, mañana hay que volver a la rutina. No saber cómo pasar la tarde y disfrutarla es un hecho bastante común en muchos. Una tarde de siesta, una tarde de fútbol, una tarde de misa, una tarde de paseo, una tarde de cine... pero, en cualquier caso, cuando se anda solo por la ciudad, ante los imponentes edificios que nos rodean, el hombre contempla su pequeñez, su inexistencia. 

De repente, las gotas del agua se juntan con aquéllas que caen de los ojos, un poco más saladas, eso sí. El recuerdo del agosto ya lejano y el miedo -o el pánico- al otoño y al duro invierno que están al caer intensifican este tipo de sentimiento. Uno piensa en cómo se ha escapado el pasado y cómo se acerca un futuro incierto que nos domina más que nosotros a él. Quedan todavía muchas semanas para que vuelva la alegría de la primavera, para que los días se vuelvan a alargar, para que la claridad del día se haga presente hasta casi las diez de la noche. Queda, pues, mucho recorrido por caminar, mucho que aprender.

Uno sigue pensando y piensa en si el año que viene a estas alturas todo y todos seguirán aquí, si seguirán del mismo modo. Y de nuevo, pensando eso y elucubrando el posible mal que nos puede llegar, un sentimiento de tristeza embarga de nuevo nuestros corazones y nuestras mentes, el miedo a la pérdida de un ser querido acentúa este dolor que no nos permite ver la belleza de la vida sino sólo la parte cruda de ésta. 

domingo, 1 de septiembre de 2013

El oscuro septiembre

Como cada año cuando acabo de llegar del pueblo de vacaciones, tengo ganas de volver. La llegada a la ciudad, a la rutina, a la vuelta al trabajo... se hace difícil después de un mes en el pueblo, en contacto con la naturaleza con la libertad que ahora te coartan cuatro paredes que se ven multiplicadas por varios tabiques. 

Pero poco se puede hacer en este momento, sino haber saboreado este tiempo ya concluido, empezar a disfrutar de lo que nos espera en este septiembre que comienza por oscurecer las calles cada día más temprano.

Hoy ya no es como ayer. No sólo ha cambiado el día y la hoja del calendario, sino algo más, una especie de sentimiento en el fondo del corazón que mira con nostalgia al muerto agosto que hasta el próximo año -Dios mediante-, no volveremos a ver: las visitas y las estancias con los familiares, los paseos en bicicleta, las charlas con los amigos echando una partida de dominó, los granizados de café y horchata valenciana en el bar del pueblo... y muchos más momentos que cuál enfermo en la UCI se ponen en stand by esperando el próximo agosto. Sin embargo, un próximo agosto en el que todos -si seguimos estando aquí-, estaremos más viejos, más quejosos, más tristes, menos ilusionados lamentando la vida que se nos escapa, los días que pasan, los días que se nos escurren entre los dedos, en ocasiones sin saborearlos o sin saborearlos lo suficiente. 

Pero la realidad apremia y no es bueno lamentarse de lo inevitable, de lo que ya ha pasado, sino que hay que seguir adelante valorando lo que se aproxima y con la esperanza de que todo saldrá bien.