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viernes, 4 de enero de 2013

¡¡¡Fatal año a todos los cabrones!!!

Saliendo de misa, sobre las 20:45 de la tarde del primer día de este año, subía Rambla arriba para volver a casa. En medio de ésta, un hombre con un sombrero de copa portaba en alto una pancarta que ilustraba ¡¡¡Fatal año a todos los cabrones!!! y su correspondiente traducción al catalán en la parte trasera de tan ilustrativa cartulina. Al principio lo de cabrones no lo había leído y pensé que como ese tipo se encontrara a según quién le podrían partir la cara. Pero releí el texto y entendí el significado. Sin embargo, milésimas de segundo después me hicieron reflexionar en desear el mal a otro. Entiendo que los cabrones son prójimos pero que no actúan como tales; entiendo que los cabrones a los que hace referencia este hombre burlesco son políticos, banqueros o empresarios que sólo piensan en el beneficio económico a toda costa, o bien alguien que le haya hecho algo. Si partimos de las dos primeras categorías y deseamos de corazón que pasen un fatal año, tal premisa tiene una consecuencia inmediata y es que estos cabrones como una de sus premisas vitales es tener dinero a toda costa una de sus opciones será mantener su estatus también a toda costa y, por ello, serán capaces de seguir torturando a las clases media y baja para poder seguir como están. 

En definitiva: ¿para qué desear el mal a alguien cuando lo que conviene es el bien propio y el de las personas que están como nosotros? En un país donde la corrupción lleva inscribiéndose durante muchos años en mayúsculas, donde según qué casos son juzgados con una celeridad espeluznante y otros son dejados en un cajón, en un país donde se permite el fraude fiscal a grandes empresas mientras se oprime al pequeño y mediano empresario, ¿qué podemos esperar más? 

lunes, 11 de junio de 2012

Observando en las Ramblas

No tenía folio alguno.Ahora bien, la inteligencia me ha llevado a utilizar un posaplatos con tal fin. Observando la calle mojada me vienen ganas de escribir. El sonido de las campanas de fondo me hacen recordar a mi pueblo, cada año más vacío; y al mismo tiempo esta ciudad, cada vez más llena. 

Luces que se apagan y se encienden irrumpen mi retina al mismo tiempo que veo un movimiento constante de vehículos y transeúntes que no cesa. Al fondo, una pareja habla en una lengua que no entiendo. Les miro, pero no soy el único: una cámara a lo alto apunta hacia ellos, grabándoles sin que se den cuenta. 

Repican de nuevo las campanas ya no para anunciar ni los cuartos, ni las horas, sino la misa que está a punto de comenzar. Miro de nuevo por la ventana y siegue habiendo tráfico y otras personas que pasean: una pareja con un cochecito de bebé, un grupo de amigas que quizás discute dónde irán mientras se protegen de las gotas de lluvia que caen, un hombre que come un bocadillo, hombres y mujeres que van con paraguas y otros con bolsas después de haberse gastado una parte de su sueldo en las tiendas del centro...

De repente, suena el hilo musical. Sin darme cuenta de ello, los enamorados que estaban sentados ante mí han desaparecido. En su lugar, una pareja de unos cincuenta y tantos que no se hablan, que no se miran, que contemplan la calle y el interior del local. Llega un tercero y les reparte unos bocadillos. A esta hora, ya, debe ser su cena. Miro de nuevo por la ventana y, de nuevo, más parejas, más cochecitos de bebé, pero también personas solas, simplemente acompañadas por sus pensamientos y las prisas. 

El sonido del hilo musical se ha debilitado. Se oyen otros ruidos: gritos de la camarera, una bandeja y una barra de hierro que se caen, y el rugir de los motores y de los tubos de escape que irrumpen por las ventanas cerradas. De golpe, una puerta se cierra. Suena una campana. Es la hora de marcharme. 

by-nc-sa
Relato escrito el 22/05/2012, entre las 19:46 y las 19:58