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miércoles, 16 de junio de 2010

Sueños y retos

A menudo las palabras nos engañan y, por este motivo, confundimos unas con otras. Con el tiempo, el significado de unos vocablos se entrelazan con el de otros y acaban designando algo que originariamente no designaban.

En las palabras «sueños» y «retos» sucede algo parecido. El diccionario RAE[1] define «sueño» en su sexta acepción: «Cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse». De modo parecido, en la segunda acepción define “sueño” como: «Acto de representarse en la fantasía de alguien, mientras duerme, sucesos o imágenes». En ambas definiciones hay que destacar dos expresiones capitales: “carece de realidad o fundamento (...) sin posibilidad de realizarse” y “fantasía”; por otra parte, del término «reto» el mismo diccionario dice: “Objetivo o empeño difícil de llevar a cabo, y que constituye por ello un estímulo y un desafío para quien lo afronta”.

Tales definiciones dan prueba de que ambos vocablos, pese a referirse a aspectos muy parecidos, son diferentes en su definición y es muy importante no confundirlos. No obstante, muchas personas incurren en tal error, no sólo en lo referente a la utilización de los mismos, ya sea en forma hablada o escrita, sino también en la manera de afrontar la vida.

Pongamos que tengo un sueño: «conducir un Ferrari». Se trata de un sueño porque debido a mi capacidad adquisitiva no puedo llegar a tal tope. Sé que algunos podrían afirmar: no es un sueño porque el Ferrari lo podrías alquilar o bien robarlo para conducirlo. Evidentemente, se podrían hacer triquiñuelas que me permitirían experimentarlo durante un tiempo, también me podría tocar la lotería, pero si dividimos la unidad (1) entre las opciones que hay (casi infinitas) de que ésta toque, el resultado tiende a cero (0), así como lo hace la opción de que «pueda conducir un Ferrari».

Sin embargo, los «retos»  son objetivos que, aunque sea difíciles de llevar a cabo, mediante la estimulación y el esfuerzo constantes, se pueden alcanzar. La manera de alcanzarlos no es directa, como podría ser el hecho de conducir un Ferrari porque lo has alquilado, lo has robado o te ha tocado la lotería, sino que el «reto» implica una progresión de la persona en sus habilidades, en sus destrezas. En tal sentido, supongamos que un reto que tengo es formar una familia. Dicha familia difícilmente se puede formar de la noche al día y en caso de que así sea, las expectativas de éxito son realmente reducidas. En primer lugar necesitaría una novia; posteriormente que tuviéramos trabajo con el que poder ahorrar para preparar un proyecto de vida en común; hacernos con un piso o una casa y tener descendencia.

En el reto, se ven, pues, unas fases a seguir en las que el orden es algo fundamental. Ello no implica que haya personas que hayan situado anteriormente alguno de los puntos. Además, siendo como somos cada uno de los seres humanos distintos, lo que podría suponer para uno un «sueño», para otro podría ser simplemente un «reto», más o menos difícil de alcanzar.

Así pues, sólo se puede afirmar que en nuestro cerebro tenemos que saber distinguir bien qué son los «sueños» y qué los «retos», y darnos cuenta en qué podemos dedicar nuestro tiempo, nuestra lucha y nuestra dedicación.

14 de junio de 2010



[1] Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. 

La importancia de la disciplina

Una de las aspiraciones de todo ser humano es mejorar a lo largo que su vida avanza. Esta mejora puede producirse en ciertos ámbitos durante toda la existencia humana. Sin embargo, llegados a una edad, en lugar de avanzar, se retrocede. En este segundo caso, normalmente, se hace referencia tanto a los aspectos físicos como, en algunos casos, psíquicos de la persona.

Pero en fin, el reto de la persona es mejorar y una buena manera de hacerlo es mediante la fijación de pequeños hitos que, progresivamente, hay que alcanzar. Esto hace recordar a la actitud del Santo Cura de Ars, Jean-Marie de Vianney quien, cuando trabajaba en el campo, se ponía una imagen de la Virgen María a cierta distancia con el fin de llegar a ella para besarla. Acto seguido la avanzaba unos metros más y seguía trabajando y acababa alcanzando, poco a poco, su objetivo.

Lejos de la Modernidad, caracterizada por grandes utopías como el marxismo, el comunismo o el anarquismo, la Postmodernidad se caracteriza por abarcar menos y llevar a cabo acciones más cercanas. Sin embargo, hay que rehuir de la cultura del «depende» que se ha anquilosado en nuestras mentes. La manera de luchar contra este «depende» es mediante la constancia. Una buena cualidad de la persona es perseverar, imitando aquel refrán español que dice «quien la sigue, la consigue» y que también tienen otras lenguas como, por ejemplo, la portuguesa «agua mole em pedra dura, tanto bate até que fura». Es decir, que el agua tanto golpea la piedra que acaba por agujerearla.

Decir esto es fácil, ¿y llevarlo a cabo? Evidentemente, no se puede dar una respuesta generalizada pues cada persona, dependiendo de su contexto, tiene su mente configurada de una manera diferente. Ahora bien, para conseguir objetivos hay que empezar con pequeñas propuestas fáciles de cumplir que, con el paso del tiempo, días, semanas, meses... se hagan un hábito y se logren objetivos que, como no, son revisables.


Para ejemplificarlo, si una persona quiere adelgazar, de ningún modo tiene que proponerse bajar en una semana diez kilos, sino que debe proponerse pequeños desafíos como no acudir tanto a la nevera, procurar no pasar cerca de pastelerías o lugares en los que hay tentación de comer..., hacer algo de ejercicio (sin que sea de golpe), un paseo de unos minutos, ir a correr un poco... Cosas simples que no impliquen un gran esfuerzo y que, sobre todo, no acaben siendo un «comienzo de caballo y parada de burro». 

16 de junio de 2010